Tengo un despertador Casio de finales de los 90.Debió ser una última remesa de relojes antes de la maldita obsolescencia programada porque tiene 18 años y está como el primer día.
No es una antigüedad ni una joya,no es uno de esos despertadores de cuerda de los abuelos que siguen funcionando perfectos después de una guerra.No es un objeto mítico,es un discreto despertador con un diseño bastante feo y números digitales.Sin embargo ha estado ahí en todos losmomentos de estos 6570 días juntos; los importantes, los únicos y los rutinarios.
Un despertador escruta tu vida desde la atalaya de la mesilla de noche observando con extrema discreción todo lo sucedido en tu cama.
Te acompaña incondicional en madrugones, resacas, amantes y maridos; pero lo que a mí me une más a él es el secreto que hay entre ambos: la función snooze. Este botón, fundamental aliado de mi pereza, se encarga de repetir la alarma cada 5 minutos después de haber sonado.
Éstos son los 5 minutos que pedías a tu madre en el parque antes de comer, los 5 minutos que nunca duran las conversaciones en los quicios de las puertas, los 5 minutos que te piden antes de robarte un beso.
Esos minutos que mi Casio color azul me regala son 5 minutos de gloria.
Éste es mi pacto con él;es mi secreto y su regalo.
Me aguanta la pereza en el mágico momento en que me abandono feliz a un diminuto sueño, justo antes de que todo comience.